Otra noche de triste descanso…
Aquel mestizo lo había vuelto a hacer, otra oportunidad de demostrar que había cambiado, perdida.
Se dejó caer al incómodo lecho improvisado, mientras se frotaba los hombros con las manos, para intentar quitarse sin éxito aquel molesto frío. Un frío que no le había abandonado desde la muerte de su madre y que se había acrecentado desde su llegada a Barovia.
Su mirada se desvió un momento hacia Iraena, quien aún conservaba una pequeña mueca en la cara, un resto vestigial de las múltiples carcajadas producida por la bravuconería de Eran.
¿Cómo iba a plantarse en el Castillo de Ravenloft? ¿Cómo iba a compartir una cena con Stradh? Y mucho más inverosímil, ¿Cómo iba a ser capaz de darle muerte?
Aunque el altivo marinero, la asesina a sueldo y el guerrero del orden estuviesen de su lado… su mente se embotaba, sus pensamientos se volvían difusos y sus movimientos erráticos, el miedo le impedía reaccionar con normalidad, algo que llevaba tiempo esquivando y ahora se le plantaba delante, como una montaña infranqueable que le impedía seguir avanzando…
Entonces una corta melodía se le escapó de entre los labios, un silbido que avanzaba impasible por la sala de aquella abadía, por suave y frágil que pareciese nada podía pararlo… Eran cerró los ojos mientras continuaba silbado, otra vez, recordando a su madre interpretando una pieza que había compuesto postrada ya en cama. Para ella, aquella melodía era el sonido del viento chocando contra los cristales de su ventana, que venía a liberarla de su cautiverio.
La sensación de frío que había sentido el semielfo había menguado, gracias a la calidez de aquella melodía, hasta que un punzante dolor se extendió desde su hombro izquierdo hasta las puntas de los dedos de esa misma mano. Tardó unos minutos en volver a sentir la agilidad y sensibilidad de su extremidad. Con la mano contraria volvió a intentar atemperar su cuerpo, frotándose aquella maldita herida…, situada justo donde apoyaba el violín al tocar y que le incomodaba cada día un más. Giró su cuello hacia la fuente de su dolor y pudo comprobar que aquel estigma había doblado su tamaño.
Su boca dibujó una pequeña sonrisa, parecida a la que hace poco esgrimía Iraena. Al menos en algo se parecía a su madre…
2 Comentarios
Master
Las palabras que Strahd te ha dirigido retumban sin cesar durante el trance de esa noche, en el que casi no has podido descansar.
Puedes ver ascuas arder en sus ojos cuando se cruzaron con los tuyos. Esos ojos parecen leerte como un libro abierto, de los que no puedes esconderte aunque huyas. Proyectan una presencia abrumadora y hacen que parezca un gigante que no cabría por el ahora estrecho portón de la abadía.
Su voz grave, profunda como las entrañas de una montaña, te dice unas palabras cargadas de la tranquilidad de alguien que está seguro de lo que dice. Y, sobretodo, con un significado terrible que no logras descifrar… como un acertijo imposible…
Kai
¿Hasta qué punto tendrá que llegar Eran para seguir adelante? ¿De verdad ese miedo en su interior le impedirá tomar el control de sí mismo?
¿Seguirá intentando esquivar su destino, o se enfrentará a él para así superar ese frío constante en su interior, que lo atenaza con una muerte segura, y poder hallar la vida que está buscando?
Estoy muy interesado en saber más sobre ese estigma y porque Eran lo porta consigo…
He sentido frío leyéndolo, esto me ha parecido realmente precioso «aquella melodía era el sonido del viento chocando contra los cristales de su ventana, que venía a liberarla de su cautiverio»
Muy bueno