El proscrito de Vallaki
Eran se dirigió a la ventana para comprobar si aún era de noche, ya que la estancia de la abadía estaba aún a oscuras, descubriendo que ya hacía tiempo que había amanecido y que una densa capa de nubes impedía el paso a la luz. Todo apuntaba que hoy tampoco sería un día cálido, o eso pensaba el semielfo frotándose, casi de manera enfermiza, el hombro izquierdo, mientras fríos y grises recuerdos no le dejaban de atormentarlo.
El grupo decidió confiar en el pastor de la abadía de Vallaki para esconder a Ireena, hija del antiguo contramaestre de la aldea de Barovia y blanco predilecto del acosador Strahd von Zarovich. Poco después de dejar atrás a Ireena, entraron en una posada llamada el Agua Azul, regentada por una familia como mínimo pintoresca a ojos del bardo. Allí, después de una larga discusión y degustación, y un breve, pero intenso relato versado, acompasado con la música del violín de Eran, los futuros «proscritos de Vallaki» decidieron abandonar la ciudad. Para esta misión, decidieron usar el carromato con el que habían llegado, cargado con las botas vacías de vino de la posada, para esconderse y no ser vistos por los guardias de la puerta. Eran quien había urdido la mayor parte del la estrategia de fuga, tenía otra motivación escondida, algo más oscuro que prefirió mantener en secreto.
Cuando el carro fue recuperado y cargado tal y como se había planeado, los cuatro compañeros iniciaron la salida de la ciudad por la puerta sur, siguiendo los planes preestablecidos. Cada uno estaba en su lugar, preparados para seguir el guion, hasta que uno de ellos decidió improvisar. Eran cubierto por un manto místico de invisibilidad, bajó del transporte justo cuando los guardias de la puerta ordenaron su alto, varios centinelas bien pertrechados y distribuidos por la larga empalizada y la puerta observaban con detenimiento al monje que guiaba alegremente aquella expedición. Aprovechando un corto interrogatorio por parte de Aznarov, el soldado más veterano de la puerta sur y que obligó a Eran a dar toda la vuelta para acceder a la ciudad, el semielfo consiguió subir las escaleras sin ser visto y colocarse justo enfrente de aquel ridículo bigote. Un remolino de pensamientos negativos agitaba la mente de Eran, donde solo la rabia podía sentirse con claridad. Su mente estaba en un estado delicado, reviviendo una y otra vez sucesos horribles de su pasado, donde nunca tuvo la opción de devolver el golpe, hasta que por primera vez en aquella taberna en Daggerford fue capaz de devolverle al mundo algo de su dolor, y como si aquel recuerdo se hiciese realidad, su mano se enlazó con la del soldado.
El frío se apoderó del cuerpo del semielfo, algo que escondía con cuidado bajo sus ropajes se extendió y tomó el control de su brazo izquierdo, obligándole a dar la mano a la figura odiosa que tenía justo en frente. En ese instante, la magia de invisibilidad desapareció y la mirada enloquecida del bardo se encontró con la atónita mirada del aún viviente Aznarov. Justo antes de pronunciar unas terribles palabras de poder, Eran volvió a sentir algo en ese maldito hombro izquierdo, como si unas garras se clavasen en su carne e intentaran empujarle para atrás. Giro levemente la cabeza y vio algo que solo había sido capaz de ver en sueños, era la primera vez que aquella horrible presencia se hacía visible a plena luz del día, tomando cuerpo y forma en el mundo terrenal.
Era un espectro que bestia ropajes blanquecinos rotos y descosidos, su figura era difusa y hacía casi imposible saber donde empezaba y acababa. De debajo de sus ropas asomaban dos largos y nudosos brazos, con afiladas garras en las zonas distales que en aquel momento perforaban el hombro de Eran, sin herirlo físicamente, era su espíritu el que estaba siendo severamente dañado. Su rostro estaba completamente tapado por una capucha, o quizás fuese una fantasmagórica y ondulada melena blanca que serpenteaba por toda su espalda. Su voz era como un susurro, como una melodía triste que acompañaba al gélido aliento que emitía del interior de la capucha.
Eran miró con rabia a la figura espectral que tenía a su espalda y con un giro de cuello repentino volvió a tener contacto visual con la mirada asustada y temerosa de Aznarov. Cogió del cuello con la mano derecha al soldado, mientras este perdía la poca fuerza que le quedaban en las piernas, empequeñecido delante de aquella oscura versión del bardo. Entonces, unas gélidas palabras brotaron de sus cuerdas vocales y una fuerte oleada de descomposición avanzó por el brazo izquierdo del guardia hasta que todo su cuerpo se convirtió en una especia de estatua inerte, que fue convertida en polvo, cuando el cuerpo de Eran se precipitó cayendo por la parte exterior de la muralla.
Gracias a un golpe de suerte o una magnífica coordinación de todos los integrantes del grupo, Eran consiguió caer dentro del carro, mientras Aesis espoleaba activamente al caballo para alejarnos del escenario de aquel terrible suceso. Mientras el polvo del camino era levantado por las ruedas del carromato, Eran se retorcía de dolor, el frío del hombro era peor que nunca y aquellas garras parecían hundirse en su carne hasta llegar al hueso, algo que nunca hubiese imaginado es la búsqueda del remedio sería peor que la enfermedad.
Un comentario
Master
Estás cayendo de la muralla, pero parece que tu cuerpo nunca llega al suelo, porque el tiempo no transcurre. Caes, pero pareces estar viendo una fotografía inalterable en tu retina. Te encuentras observando el cuerpo de Aznarov descomponiéndose, viendo como el viento empieza a esparcir sus cenizas mientras grita de dolor.
La figura espectral te observa desde arriba. Los sonidos que emite son distantes y difusos, pero algo ha removido tu corazón. Una nota en su voz inquieta tus oídos. Es la nota de una canción que no puedes recordar. Un sonido grabado en lo más profundo de ti que no puedes concretar. Una nota que alivia el dolor de tu hombre por un instante. Una lágrima que brota de la oscuridad de su capucha y brilla recorriendo su mejilla. Unos versos resuenan en tu pecho:
»
Si la magia del arte
cristalizar pudiera,
esa gota ligera
de origen celestial;
en la más noble parte
del pecho la pondría;
ningún tesoro habría
en todo el orbe igual.
»
Al caer en el carro, tu cuerpo cae en un sopor frío, entre sudor rancio y temblores incontrolables. Entiendes que no has caído por azar, sinó que su garra te ha empujado. La sombra te envuelve y el mundo a tu alrededor se desvanece.