Seraphina

Entre piedras preciosas y mentiras

 

No lo olvides, cariño. Espalda siempre recta y sonrisa delicada – me decía mi madre mientras admiraba el pomposo vestido que me había escogido para la ocasión y acababa de ponerme los pendientes de rubí.

Los Nardoriel siempre habíamos hecho gala de nuestros modales y más, cuando el invitado era algún adinerado dispuesto a negociar. No podíamos fallar nadie de la familia en lo que debía ser la recreación de la casa perfecta e idílica.

Sí, madre. Espalda recta. Corregí mi postura. Y sonrisa delicada. Sonreí exageradamente para transmitir a mi madre el aburrimiento que me provocaban esas reuniones.

Mi madre lanzó una mueca reprochando mi actitud e ignoró por completo mi llamada de atención, saliendo de mi habitación. Sabía que cumpliría con el perfil en el momento oportuno, nunca les había fallado. A diferencia de mis padres, yo no tenía la paciencia que tenían ellos para aparentar, fingir sonrisas y halagos que no sentía. Sin embargo, ellos estaban acostumbrados a tratar con mercaderes, clientes nobles y aristócratas dispuestos a pagar muchas monedas de oro por las creaciones de mis padres. Aunque la competencia estos últimos años había sido cuanto menos feroz entre el gremio de joyeros de Silverymoon con la llegada de los Warryn (una familia de gnomos joyeros), mis padres habían conseguido diferenciarse como los mejores joyeros de la ciudad desde que trabajaban mano a mano con Baltharon, un mercader elfo que traía consigo piedras preciosas de lugares recónditos.

– El señor Baltharon ya está aquí – anunció Tanna, la sirvienta.

Cruzó el umbral de casa saludando con su siempre exquisita sonrisa e inmediatamente, todos los Nardoriel nos pusimos rectos y lo correspondimos. «Espalda siempre recta y sonrisa delicada» me repetía como un mantra.

Como acordamos, el trato concluye con esta nueva entrega de material, señores. Pasaré a recoger mi pago en la siguiente decana – anunció el mercader recorriendo una por una nuestras miradas.

Por supuesto, mi señor – respondía mi padre tendiéndole el brazo para darle un apretón de manos.

Mientras el mercader correspondía a mi padre con el saludo y hablaban de no sé qué piedras preciosas, de nuevo surgió en mi el mismo malestar que había tenido lugar las anteriores veces que nos visitó Baltharon y aparté la mirada de ellos. Era como una intuición que me susurraba que algo no iba bien y que se manifestaba con un escalofrío que recorría toda mi espalda, acompañado de un ambiente más cargado. Tenía la piel erizada y el corazón me latía cada vez más rápido, con fuerza. Era como si mi cuerpo estuviese en alerta, esperando que ese peligro inminente saliese a la luz para poder reaccionar. «No es nada, Sera. Espalda recta. Sonrisa delicada. Espalda recta. Sonrisa delicada»… Intenté volver a mi falso mantra. Cuando de repente…

¡Seraphina! El señor Baltharon te está hablando, no seas descortés con él, hija – me increpó mi madre. Volví a enfocar mi sonrisa, esforzándome por parecer una anfitriona encantadora. Aunque esa desagradable sensación no me abandonaba.

– No se preocupe, señora. Debo marchar a hacer otros encargos. Ya seguiremos con la conversación en otro momento – respondió el elfo manteniendo esa sonrisa inescrutable y perfecta mientras yo intentaba recomponerme de esa sensación que estaba a punto de hacerme vomitar.

Instantes después de despedirnos y de que el mercader saliese de la sala, la atmósfera pareció tornarse más ligera. Menos tensa. Mi madre, que no perdió la oportunidad para reprenderme de mi aparente distracción, me seguía mientras yo me encaminaba hacia mi habitación, totalmente absorta en mis pensamientos. Cerré la puerta del cuarto y me dejé caer en una silla, liberando un suspiro de alivio.

– Respira, Sera. Respira – me susurré al momento que recuperaba mi respiración normal -. Mañana será otro día. – Intentaba convencerme mientras me desvestía y me quitaba esos ridículos zapatos.

 

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