Strahd Von Zarovich
La situación en la capilla da un vuelco cuando Eran y Kai sienten un escalofrío en sus espaldas. El relinchar de los caballos y el traqueteo de las ruedas de una carroza en la lejanía llaman su atención. Sus ojos se clavan en los negros caballos, que tiran de la negra carroza entrando por las calles de la aldea. De repente, el viento se detiene y el aire se hace pesado. Los animales se esconden a toda prisa, lanzando sonidos lastimeros. Nubes amenazadoras cubren el cielo y apagan la poca luz que la luna da.
Todos se reúnen en la puerta, esperando un destino fatal. La carroza se detiene a las puertas de la capilla y un ser alto, encapuchado, se baja y se acerca a la puerta. No llama, pues sabe que estáis ahí, directamente, se aparta la capucha que le cubre el rostro, mostrando sus orejas picudas y se presenta.
– Soy Rahadin, el elfo del atardecer, fiel siervo del gran regente de Barovia, Lord Strahd, señor de la tierra y el cielo, de las bestias y la oscuridad. He venido a traer una carta de condolencias a Ireena Kolyana, tras el triste fallecimiento de su honorable padre.

Los intentos para convencerle de que Ireena no estaba en la capilla confunden a Rahadin, quien no acepta entregar la carta en manos de nadie más que Ireena. Cuando la frustración se apodera de él, una voz, retumba como un trueno, haciendo que el silencio que sigue se torne pesado.
– MIENTEN…
La puerta de la carroza se abre. Una sombra emerge del interior y cae como si fuese una cascada a los pies de la carroza, como si fuesen sólidas, e infestan el suelo a su alrededor. Las plantas mueren ante el beso de la umbra que parece extenderse. Las sombras adquieren forma de escalera a los pies de la carroza, y una figura alta, fuerte, vestido de negro y rojo comienza a bajar.

Cuando su pie toca el suelo, la tierra retumba hasta sus cimientos y las paredes de la capilla se estremecen. Empieza a caminar hacia la puerta y cada paso parece un trueno en los oídos y los corazones de los presentes. Las sombras se convierten en su capa y sus ojos se dirigen hacia la puerta. El fulgor rojo que destilan hacen de su mirada casi imposible de mantener. Emanan fuego, magia, poder ancestral, sabiduria y terror, tan intensa que parece atravesar la distancia, el tiempo y la roca sólida. Al cruzar la mirada por primera vez con él, durante una fracción de segundo, en vuestra mente visualizais la imagen de vuestra muerte.
Rahadin se arrodilla y no levanta la cabeza en ningún momento. Strahd camina hasta el umbral justo de la puerta, que le impide pasar. Sentís que, si quisiese, podria obligaros a salir, podría derruir el edificio tan solo con mover su mano, estáis a su merced, totalmente indefensos tras una falsa sensación de que no puede pasar si no es invitado. Sabéis en el fondo que si sus intenciones fuesen viles, vuestros cuerpos yacerían en el suelo. Su voz grave, firme y seria dice:
– Ireena se encuentra en la capilla, mientras ella esté en la aldea, no puede esconderse de mí.
Ireena, oculta, finalmente se muestra. Invita a Strahd a irse, quien acepta sin mediar palabra. Finalmente recoge la carta de manos de Rahadin y la carroza parte hasta perderse en lontananza.
Tras desaparecer, todas las sensaciones dan una tregua y se desvanecen. El cielo se aclara dejando una luna brillante, se respira una suave brisa y una paz acompaña el funeral, como si alguien así lo quisiese. Ireena mira al cielo y, con lágrimas en los ojos, grita desconsolada.