Cruzando el umbral
El continuo traqueteo del carromato y los últimos aspavientos de los críos Vistani, rechistando para no ir a la cama, dificultaron el descanso de Eran. Muchos pensamientos y emociones se mezclaban en su interior y eso lo mantenía agitado.
Demasiadas preguntas, ¿Qué les espera al otro lado? ¿Realmente existe un lugar llamado Barovia? ¿Encontraría allí el consuelo que anda buscando? ¿Será cierto que su padre se encuentra en ese lugar?
Poco a poco, fue entrando en ese estado que los elfos llaman trance. Para ellos, es una manera de conectar a una red de sabiduría grupal, como si ese estado les ayudará a establecer conversaciones con sus ancestros y pudieran compartir parte de sus conocimientos. En el caso de los semielfos o en concreto el de Eran, esa conexión mística era completamente inexistente… Por otro lado, algunas veces era capaz de revivir momentos olvidados de su pasado.
La brisa entraba por uno de los porticones de la pequeña casa de campo, hogar de Najwa y el joven Eran. Cuando el aire fresco se escurría por la ventana, la dulce mujer humana, de pelo dorado y rizado, cerraba los ojos para que su olfato y su tacto no se viesen influidos por su vista, imaginando que estaba en lo alto de una cumbre nevada. Hacía años que su imaginación era lo único con lo que podía salir de esas cuatro paredes y su jardín más próximo, ya que sus extremidades estaban cada día más y más débiles. Aun así, nunca se sentía sola, ya no era capaz de andar, tocar su violín, ni comer sin la ayuda de Eran, el pequeño semielfo de pelo liso y plateado y mirada extraña, dada su alteración cromática en sus ojos.
Aquel día, Najwa se encontraba mejor que de costumbre y convenció a su hijo para ir a algún lugar alejado de la casa, algo que para ellos dos era toda una aventura. Eran cargó, a duras penas, con todo y consiguió llegar a un pequeño montículo donde se podían contemplar los campos dorados y una gran cordillera que parecía infranqueable. Pasaron allí varías horas, mientras que el semielfo ojeaba sin parar algunos libros y hacía anotaciones en otro libro, lleno de partituras, mientras su madre lo miraba, satisfecha. Cuando el sol empezó a decaer, Najwa incitó a Eran para que tocase alguna de las melodías que había ido transcribiendo y aunque creía que aún no estaban lo suficientemente maduras para ser interpretadas, el hijo acabó complaciendo a la madre. Como hizo con la brisa matutina, Najwa cerró sus grandes ojos, para concentrarse en los sonidos y vibraciones de su antiguo violín, que ya era incapaz de tocar. Lentamente, la humana se fue adormeciendo, hasta el punto de que Eran tuvo que dejar de tocar para recostarla en la húmeda hierba. El semielfo al ver que el frío hacía acto de presencia, recogió sus cosas y con un cuidado extremo cargó con su madre, y los dos regresaron a su casa. Depositando a su madre de nuevo en su cómoda cama, recolocó uno de sus brazos que se había desplomado… Pero cuando le cogió la mano, estaba fría. Más fría que el aire nocturno que ahora soplaba por el porticón entreabierto.
Un comentario
Kai
Ha sido doloroso y precioso a la vez, me ha encantado como has expuesto un lugar, al cual me has conseguido transportar para estar con Eran y Najwa. He conseguido sentir esa brisa e incluso sentir el arrastre de los dedos de Eran por las cuerdas de su violín. Bittersweet.
カイ