Eran

Fuegos que lo devoran todo

Una bocanada de humo con sabor a carne quemada provocó el carraspeo involuntario de Eran, separando su boca del instrumento que había sembrado el caos al compás de sus hábiles dedos. El viento dispersó esa atmosfera mientras que su respiración se iba tranquilizando, e iba tomando control de sus sentidos y sus movimientos, previamente usurpados por los efectos del azúcar de los pasteles de las Sagas y el odio que sentía hacia ellas. Aún sostenía su flauta con adornos reptilianos con fuerza, como si en cualquier momento una sonría diabólica seguida de algún maleficio pudiese aparecer entre las pocas hogueras que aún humeaban en los campos próximos al molino. Giró la cabeza, primero hacia el norte y luego hacia el sur, y luego hacia atrás, parecía que no había más enemigos cerca.

Caminó con dificultad hasta la puerta del Machacahuesos, que aún se mantenía en pie, aunque en la segunda planta el fuego se extendía con celeridad. Entro con decisión, sabiendo que lo que buscaba se encontraba con seguridad en el interior de ese maldito edificio, lo sentía o más bien lo escuchaba, una armoniosa melodía que intentaba escapar la opulencia y la corrupción que emanaba de aquel lugar. Eran miró hacia arriba, tendría que seguir subiendo si quería recuperar lo que le habían robado. Respiró hondo aquel asqueroso aire que rezumaba icor y gases que emanaban la madera al quemar y subió las escaleras penetrando en un muro de humo que parecía bloquear el acceso a la siguiente planta.

Manteniendo la cabeza por debajo del humo más denso, consiguió llegar hasta una estantería, donde puedo ver un pequeño orbe del tamaño de una manzana que brillaba con una luz azul suave y que era la fuente de la canción que llevaba siguiendo desde que entró al molino. Allí estaba, el sueño y la melodía robados, una leve sonrisa se abrió paso entre el hollín del rostro del semielfo, mientras alzaba una mano para coger lo que era suyo. Pero esa sonrisa se deformó en horror e ira cuando un círculo de chispas apareció a menos de un metro del orbe y la mitad superior del deforme cuerpo de Morgantha apareció de su interior y su grotesca mano agarró el anhelo de Eran.

Ella lo miró con extrema malicia, sabiendo que lo que estaba haciendo le dolía hasta lo más profundo de su ser, haciendo que cada una de las células del bardo sintiesen el más profundo de los odios hacia esa forma de vida llamada Morgantha. Acerco el orbe a su cara y mientras un “NO” se estaba formando en las cuerdas bocales de Eran, la Saga se tragó el orbe mientras su cuerpo iba siendo engullido lentamente por el círculo flotante, dejando atrás una sala llena de humo y risas malvadas. Entre las risas, Eran pudo discernir las siguientes palabras de la Saga antes de que su cuerpo desapareciese por completo:

“Este juego no acabará hasta que no desaparezcáis o lo haga yo, me habéis arrebatado a mis hermanas y yo os quitaré lo que más queráis y que aún tengáis, no es una maldición ni un hechizo lo que emana de mi boca, sino una promesa que hago aquí frente el cadáver de mis hermanas y sus verdugos”

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