Seraphina

El inicio del fin

Era el día. Tan solo pensar que volvería a ver a Baltharon, un escalofrío recorría todo mi cuerpo. No era capaz de vislumbrar qué era lo que provocaba esta desagradable sensación. Lo que sí tenía claro, es que su mera presencia me incomodaba. Quizás eran esos ojos penetrantes de color ámbar que parecían escudriñar cada rincón de mi cerebro. O ese perfume intenso que inundaba la sala cada vez que nos «deleitaba» con su presencia. O tal vez esa sonrisa inescrutable e incómoda que tan solo él entendía su significado. O una combinación de todo.

Cuando quedaba menos de una hora para su aparición, mi madre entró en el cuarto para orquestar otro nuevo espectáculo dedicado a nuestro invitado de honor, que tanto dinero y lujos nos había aportado. Ya tenía el vestido, los zapatos y el peinado escogido.

– No iré, mamá. No me siento nada bien… – fingí con sumo esfuerzo, retorciéndome en la cama como si me doliera el estómago.

Pero hija, hoy viene el señor Baltharon. Siempre lo hemos recibido los tres tal y como merece. Además, hoy le hacemos entrega de la joya que nos encargó. Es una verdadera exquisitez – insistía mi madre emocionada e intentando averiguar si había algún ápice de esperanza de que cambiase de opinión.

Pídele disculpas de mi parte. Este dolor de estómago no va a dejar que tenga ni la espalda recta ni la sonrisa delicada que esperas, mamá. 

Soltó un gran suspiro y tras observarme detenidamente durante unos segundos, se rindió.

– Si te encuentras mejor, ya sabes donde encontrarnos – me dio un beso en la frente y salió de la habitación.

Dejé pasar unos minutos hasta que estuviese lejos y me levanté para juguetear con el abrecartas de mi escritorio mientras me quedaba absorta en mis propios pensamientos. Pasándolo entre mis dedos. Lanzándolo arriba. Dejándolo caer. De nuevo entre mis dedos, pero esta vez con la mano izquierda… y así hasta que llegó la hora acordada de la reunión.

Puntual como siempre, el carruaje paró delante de la casa de los Nardoriel. Era toda una planta la que nos separaba, pero ya podía notar que Baltharon estaba cerca. No obstante, decidí concentrarme de nuevo en el abrecartas. Doble vuelta en el aire. Ahora en dirección contraria…

Pasaron poco más de cinco minutos y unos fuertes pinchazos empezaron a golpear mi cabeza como si de un tambor se tratara. Y a la vez, escuchaba como la conversación entre mis padres y el invitado subía de tono, aunque no lograba entender de qué hablaban.

Sorprendida, ya que Baltharon y mis padres siempre habían tenido unos modales impolutos entre ellos, decidí salir de la habitación silenciosamente para acercarme al salón donde siempre se reunían. Efectivamente, estaban discutiendo.

Crucé el pasillo andando de puntillas y la discusión, a medida que me iba acercando, iba tornándose más clara.

– El pago se va a llevar a cabo ahora, mis señores – advertía Baltharon con un tono alto e imponente mientras se levantaba del sillón.

Inmediatamente después, de su mano derecha apareció un pergamino que al segundo, quedó pulverizado por las llamas, provocando un grito en mi madre que cayó desmayada. Mi padre, acto seguido, cogió la bella figura del dios Gond (venerado por todo el gremio de artesanos, incluidos joyeros) que presidía la mesa, e intentó golpear al elfo. Este, que lo esquivó hábilmente sin apenas esfuerzo, lo golpeó en respuesta en la nuca, dejándolo inconsciente. Seguidamente, volteó la cabeza hacia mi y se desvaneció mágicamente. Cuando de repente, escuché detrás de mi oreja.

Pago recibido satisfactoriamente, mis señores.

Me giré horrorizada por la escena y vi como el semblante del elfo empezaba a transformarse en la figura de un felino enorme, con pelaje del mismo ámbar que los ojos del elfo y vestido con sus mejores galas. En ese instante, el dolor de cabeza pareció llegar a su cúspide y de repente, todo empezó a nublarse a mi alrededor hasta estar envuelta en la más profunda oscuridad.

 

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